LA  NIÑA  DE  LOS  ESPÁRRAGOS  VERDES
LA  NIÑA  DE  LOS  ESPÁRRAGOS  VERDES

En el crucero de los bulevares, donde la vi por primera vez, era como un punto en movimiento entre carros, vendedores, luces de semáforo y precaución.

Automáticamente dices “no”. Puedes decir “si” pero, diariamente, a cualquier hora, recibiendo ofertas de todo y de todos…  se requiere de otra despensa para la compras de la calle.

En el minuto y medio que duro el rojo de mi dirección, me ofrecieron mandarinas, sombrillas, papalotes, fresas… espárragos verdes. La respuesta ya es en automático, un no en movimiento de cabeza o aire de mano. Sin embargo en ese minuto que, ves, aunque no mires, que oyes, aunque no escuches, capto mi atencion la niña de los espárragos verdes.

Los espárragos de nuestros cruceros, en fajos de dos docenas proceden de la región de Caborca, la Perla del Desierto de Altar, la cordillera desértica más cruel para todo migrante que ambiciona llegar precariamente a los EEUU. Quienes no lo logran, que son la mayoría de quienes lo intentan, exceptuando los que mueren en la sequedad de la arena o bajo la tibia sombra de un sahuaro o matorral de palo  fierro, se quedan trabajando en los campos de espárragos de Caborca, Altar, Sonoyta, Sásabe, Pitiquito… saben que desde ahí, la esperanza nunca muere y es más alentadora que regresar al Sur  latinoamericano, a las parcelas de hambre de sus ranchitos.  

El esparrago blanco, no se da en esta región de cincuenta grados centígrados. El esparrago blanco proviene de la región de Navarra, en España. Su clima cantábrico, la riqueza de la tierra y el mimo, han logrado convertir los tallos del 'Asparagus officinalis' en un manjar con Indicativo de exquisitez. El esparrago de Navarra es blanco, el esparrago de Caborca es verde, pero los hermana un elemento muy impórtate: la migración. La mayoría de los trabajadores en los campos del desierto de Caborca son hombres y mujeres, jóvenes y niños, llegados de toda América Latina que encontraron aquí un afortunado alto en el camino. Lo mismo sucede con las tierras de Navarra traspasadas diagonalmente por el Camino de Santiago, donde hombres y mujeres africanos y del Este Europeo, Albania, Rumanía, Bulgaria… encuentran en el espárrago blancos, una segunda oportunidad de vida.

La volví a ver semanas después encogida y cansada a la salida de IHOP, un lugar de comidas de franquicia americana… ¡La niña de los espárragos verdes…! me dije.

¿Qué sucede? Te veo triste, estas sola. Te conocí hace días en un crucero vendiendo espárragos. ¿Por qué no estas con tu familia? Silencio total.

¿Tienes hambre? Deja que te compre un desayuno. -Insisto- ¿Por qué no estas con tu familia?

No son mi familia -contesta- no quiero estar con ellos.

Está bien, no te pregunto más. ¿Me dejas que te compre un desayuno? ¿Me esperas aquí? -Solo movió afirmativamente la cabeza. Ahí sus ojos no se encontraron con los míos-

Y eso fue lo que me causo impacto aquella mañana en el crucero del bulevar, Reforma y Colosio, sus ojos. Si quieren, fue un simple parpadeo; todo sucedió muy rápido; una impresión involuntaria, pero impactante, que quedo guardada en el subconsciente sin saber qué pasaría con ella: cómo, cuándo, o nunca, saldría a flote… al igual que sucede con esos sueños en los que tantas veces decimos que lo soñado ya fue vivido pero que no somos capaces de localizar su origen.

Mientras esperaba mi orden para llevar, marque desde mi teléfono al DIF Estatal, quería información sobre cómo actuar en caso de encontrarme con un menor desvalido. Ante mi incongruencia e inseguridad, me pidieron que ratificara la situación y luego confirmar o no, si era preciso acudir al lugar.

La invite a sentarse en una mesa del exterior, le di confianza para que se sintiese segura y yo me aparte unos metros en el estacionamiento para hablar con mis amigos, adultos todos, parte de mi equipo de trabajo. Analizamos el contexto. Veíamos lo complicado que es inmiscuirse en situaciones como esta. Son muchos e innumerables los menores en circunstancias de calle que habría que atender. Las instituciones están ahí, son ellas y no yo, quienes tienen que detectar, atender y solucionar lo que al ciudadano de a pie le resulta complicado. Les repetí la historia. Coincidimos en que vemos muchas situaciones y nos resbalan por la costumbre de la familiaridad visual; pero  que esta ya se convertía en una historia que había surgido por un impulso… por algo. Quería llegar hasta el final. ¿Qué final? Lo ignoraba. Pero al menos, corroborar que mis causas pueden tener un final -para mí- encauzado, que no se quedan solo en intenciones.

Estas navidades la iremos a ver a la casa de sus padres, en el poblado Miguel Alemán, llamado coloquialmente, “la Calle doce”. Sus padres pidieron perdón y prometieron no repetir el trato de “alquiler” dado a su hija. Si lo rompen, irán a prisión.

La Calle doce está llena de familias con situaciones muy extrañas. Difícil de juzgar al aventón lo bueno y lo malo. Muchas, la mayoría, son parte también, de un desarraigo traicionero, engañoso… una esclavitud moderna con envoltorio de prosperidad y vida mejor que la que tienen en Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Chiapas… engañados por mercaderes sin entrañas que los trasladan a las plantaciones del norte: viñedos, calabaza, espárragos, nuez, sandia… y que tras una temporada de deshierbe o cosecha, son abandonados frente a la ausencia de continuidad y el hacinamiento de nuevos núcleos de vivienda acartona. Así nació la Calle Doce hace cuarenta años. Así es la Calle Doce hoy. Así será por mucho tiempo la Calle Doce. Y ella, la niña de los espárragos verdes, fue prestada, alquilada… por una módica suma semanal para convertirse en vendedora de cosecha de segunda mano en los cruceros de la ciudad.

Pero, algo más incluía el contrato verbal. Algo más que pudiera estar implícito en esa “letra pequeña” que nunca leemos o apalabramos y que viene siendo luego presa de grandes sorpresas. También debía de estar dispuesta a ser “tocada”… jugada, manoseada… hasta que se escapó y, después de un desayuno, fue a dar con sus trece años, sucia y despeinada, a las instalaciones de Jineseki… Centro Temporal de Acogida de Menores de la Calle. 

Iremos. Iremos en navidad a llevarla sus regalos. Mis compañeros ya le han conseguido unos vestidos y pantalones mezclilla que dijo: “le encantan”, una tablet infantil para que haga sus pinitos, y una guitarra… supimos que le gusta cantar. Pero una vez más hemos sentido que el trabajo no es tanto centrarnos en los daños de la violencia, si no atajar las causas. La niña volvió a su casa, pero, ¿cómo vivirá en su casa una niña preciosa de cara menuda,  mandíbula perfecta, cabello negro y  ojos cristalinos de gata hermosa?

Una de las compañeras de nuestro equipo dice que la va a apadrinar sin sacarla de su medio. Cuidara de estar pendiente de ella, negociar constantemente con sus padres el respeto y el desarrollo de su hija, marcarse juntos metas y objetivos, cumplir lo pactado y, lograr, al menos, librar de la esclavitud moderna a la niña de los espárragos verdes.

 

 

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