E L    P O L I A T E O
E L    P O L I A T E O

Ya “Emilio” en el Siglo XVIII, y de la imaginación del filósofo Jean-Jacques Rousseau, fue precursor de un “poliateísmo” juvenil que pretendía desnudar al individuo de cuantos corsés ahogaban su vida y las ideas que rodeaban su vida. La persona (el individuo) nace limpio, vacío de todo vicio y dispuesto a vivir una historia natural ajena a cualquier propósito malintencionado, pero, poco a poco va cayendo en una falsa bondad de principios, normas, tradiciones, deberes y obligaciones que lo contaminan hasta el punto de no entender la propia existencia.    

De nuevo, trescientos años después de la experiencia de este joven, los jóvenes actuales, millennials y post millennials, están viviendo un “desnudamiento” de las viejas ideas preconcebidas por los abuelos y padres que, poco, muy poco o nada se ajustan al criterio y a la libertad a la que les está conduciendo el Siglo XXI.

El empacho “involucionista”, hasta la terquedad, de los conceptos morales, religiosos, educativos, sociales, que los adultos (y las instituciones adultas) han pretendido heredar (a como dé lugar) a las nuevas generaciones, está terminando en una dramática ruptura que deja huérfanos, de un sólido sentir y pensar, a nuestros jóvenes actuales.

Es descarada la “torpeza” de las instituciones para olfatear y evolucionar al compás de la evolución de la sociedad; su incapacidad de leer los signos de los tiempos y, de manera serena y lógica, ir entendiendo el sentir de las nuevas generaciones, sabiéndoles dar códigos de conducta que sí se ajusten a su identidad, ha hecho que se llegue a un conflictivo abismo difícil de conciliar donde toda la culpa se le quiere achacar a los jóvenes.

Las zancadas de los jóvenes se alejan maratónicamente de la caminata de los adultos y de las instituciones adultas. La moralidad, el tema religioso, las creencias… no son elementos que los jóvenes rechacen de manera natural. Al joven le gusta “creer”, acepta “códigos”; si no los encuentra, los inventa; pero sí quiere códigos y creencias a su altura (no a la altura de sus antepasados) capaces de entenderlos y que estos les entiendan a ellos. Los jóvenes no son ateos porque rechacen la moral o la religión. Los jóvenes del mundo (polis) son “ateos” de la moral o la religión obsoleta que les imponen. Y más aún, no de la moral y la religión que les imponen (que la asumirían con mucho gusto) si no de la “forma” tan desatinada como estas normas y estas religiones llegan a sus vidas.

Nuestros jóvenes se están volviendo ateos, porque las familias o las estructuras educacionales e institucionales no has sabido traducir lo “valiosos” a lo  “actual” y ante ese, torpe, vacío, ellos, por si mismos, están tratando de llenar esos espacios con sus propios inventos.  

No culpemos al joven de ser “poliateo” culpemos al adulto de ser “Politorpe”   

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