L A   B R U J A   D E   N A V I D A 

Eran las dos de la madrugada. Sigilosamente y abrigado hasta las cejas atravieso lo más recóndito de un pequeño pueblo montañoso, no más de mil habitantes. La nieve esta espesa y alta. El viento helado todo lo hace difícil, denso y oscuro. Cualquier pequeño foco casero bamboleando de un hilo de cobre a tres metros de mi cabeza deja en evidencia no solo los blancos copos cayendo casi invisibles, sino también el tétrico juego de luces y sombras que, más que miedo dan pánico. Apenas tengo 12 años y ya era un “alma inquieta” moviéndose en una lúgubre noche de navidad.

Cuando grito y empujo la pesada puerta de madera, el pueblo queda muchos metros atrás. No escucho respuesta. Lo sabía. Simplemente me atrevo a entrar. Y ahí estaba ella. La bruja. En cuclillas totalmente rebozada en cobijas y trapos viejos frente a una chimenea de brasas dormidas que mejoran la temperatura de la única estancia de piedra, cartón y lamina.

La bruja no habla con nadie. Pero todos hablaban de ella. En la taberna es tema de bravuconadas y afirmaciones obscenas donde noche sí y noche también, su morbo les lleva a la bruja. Las mujeres prefieren no hablar de ella, dicen que es de mal agüero especialmente si están cerca de una embarazada, pero su breve abanico de conversaciones siempre las lleva donde tienen asegurada su imaginación.  Los niños la insultan. En ocasiones apedrean la casa. Todos, salvo yo.

Yo que escribo la historia, no recuerdo que alguna vez me haya contado cómo fue su condescendencia conmigo. Esa noche en la casa de la bruja no solamente olía a cerrado, también a frio. Pero juntos cenamos. Yo cene de nuevo en su compañía. Era la cena de navidad. Sopa caliente, cortes de pavo, puré de manzana, café de jengibre hirviendo y, dulces, muchos dulces. Ambos, éramos muy golosos.

Había salido de la casa sin que nadie, en ella, se percatase de mis precavidos ruidos. Agarrar resto de la cena de navidad no había sido tarea fácil por más calculado que lo tenía todo, pero mi sentimiento de lastima y compasión por aquella anciana del pueblo… misteriosa, sola, burlada… fue principio de mi conciencia sensible para ayudar a otros. Había nacido, con solo 12 años, “un santa” *.

Veraneando con la familia en un barrio acomodado de la ciudad, le pregunto un día a mi abuela que ¿cuál era el misterio de aquella casa a dos cuadras de la suya con los ventanales siempre empapelados de cartón? Es una señora muy anciana -me respondió la abuela- tuvo grandes crisis y problemas, se encerró en su mundo, nadie se relaciona con ella. Pero si tú quieres, inténtalo, dile que te ofreces a hacerle los mandados.

Fueron cuatro intentos en varios días. Tocaba a la puerta, gritaba su nombre y el de su abuela y gritaba que sólo venia  hacerle mandados. Cuando creí que todo estaba perdido… “de seguro que está muerta” pensaba yo… se abrió la puerta por sí sola, nadie apareció tras ella. La duda aumento el misterio y la duda trajo el miedo… un paso, dos pasos… todo penumbra y fuerte olor a… Un niño, difícilmente traduce los olores a lenguaje, pero si eran incomodos, agrios, provocaban escozor en los ojos. Por fin una voz al fondo susurraba la orden de acercarse. Lo demás, quedo atrás. Era verano. Y aun en verano “el Santa” continuaba su tarea… ya contaba con catorce años.

Una vez más es navidad. Reunida la familia en una localidad cercana al lugar donde vivían el mayor número de parientes. Como siempre, la cena principal se convirtió en acontecimiento. Escucho en la mesa muchas cosas, los porque y los como de las pericias de todo un año. Cada quien presume de lo suyo por encima de la presunción de los demás, pero nadie protesta porque entiende del otro lo que le da la gana entender y sigue escuchando o sigue hablando. La bravuconada mayor de uno de los tíos era el haber dejado encerrado, en su casa, sin cenar, sin cenar en navidad, a su hijo  adolescente… según él, no se merecía estar en la fiesta. Y de la misma manera pocos creyeron sus alegatos conocida su fama de desposta y malhumorado.

Aun en lugar ajeno, localizo como puedo una bicicleta, agarro como puedo, raciones de la cena y, como puedo eludo la curiosidad de todos y atravieso   también como puedo, de noche, las calles de la localidad hasta llegar a la ventana del primo. Ambos cenamos juntos, cene de nuevo en su compañía, uno por dentro y otro por fuera. Una vez más “santa” trabajaba en navidades.

Yo que escribo, previo a escuchar historias (en este caso mis historias) me percato cómo la “actitud humana” es algo que difícilmente se puede improvisar. Va surgiendo como un posicionamiento interior ya desde muy temprana edad. Quizás de esta manera se forjaron también muchos grandes hombres y mujeres de la historia. Lo cierto es que este personaje, mi personaje, real, no ficticio, sigue siendo un “santa” “misterioso” que muy pocos saben lo que hace o cuando lo hace.

Puede que todo empezara de pequeño, a temprana edad, visitando a la “bruja” del pueblo. La anciana a la que todos hacían bullying.

 

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*Así acostumbran en México a llamar a Santo Claus o Papá Noel.           

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