L A    C A L L E

La calle es lo más sublime. Es la raíz. La cuna de todo. El conocimiento, la cordialidad, las fantasías, el miedo, las promesas, los enamoramientos, la muerte, la vida…

Recuerdo una tarde, ya tarde, además fría y gris, en los sótanos de la Abadía de Monserrat bajo la custodia de sus monjes Benedictinos, cómo dialogábamos sobre la recta final de Francisco Franco. La recta final más larga que me ha tocado transitar en mi vida personal. Esa tarde era parte del otoño de 1967. Franco murió también en el otoño, pero ocho años más tarde. Yo, entrando a joven, había sido invitado a un encuentro de capacitación socio-política en preparación de cuadros para la futura democracia. Los Monjes cubrían todo, el alojamiento y el secreto. Ahí estaban entre otros (la lista de intelectuales sería muy larga) María del Mar Bonet, Raimon, Serrat, José Antonio Labordeta.

Labordeta y Serrat hablaban de la calle con una euforia como si se tratase de conquistar el “paraíso perdido” que describió muy bien el poeta John Milton. “la calle (comentaba Juan Manuel Serrat) es el escenario que nos mantiene constantemente en la realidad”. Años después en una entrevista que le hizo un prestigioso periódico confeso que: “su mayor frustración como artista, era no poder cantar tranquilamente en las calles cuando le nacía hacerlo”  (su popularidad se lo complicaba demasiado).

En México entramos en el “periodo de calle”, el lugar “menos sagrado” para conquistar lo más sagrado… el corazón de la  gente. No cualquiera “empatía” con el peatón, con el popular, con el que tiene poder un segundo cada seis años.

Salir del “armario” no es solo un término para  la comunidad LGBT. Salir del armario lo es también para todos aquellos hombres y mujeres que tienen esperanzas en el cambio  pero que nunca han tenido el coraje de sacar “su yo valiente” pese a quien pese desde el rincón más humilde del país hasta el escaparate más encumbrado de la nación. Para muchos candidatos las millas se harán kilómetros, los kilómetros territorios, y la calle verdad absoluta.

El personalmente, llamo a Carlos Samaria y le dijo: “los quiero de corte sencillo, negros como siempre, sin adornos, pero con cordones”. Era el Papa Francisco, hablando por teléfono con su zapatero. Dejo los zapatos rojos “dentro del closet” y siguió adelante con sus desgastados zapatos negros que, sí sabían de calle… por eso está donde está.

 

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