¿QUIÉN  SE  HA  ROBADO  AL  NIÑO? CUENTO DE NAVIDAD

Yo tiraba de mi carrito como de mi vida porque mi carrito era mi vida; de madera muy tosca, sucia ya por el paso de los días y los meses, de solo tres ruedas, dos atrás y una adelante, como un cubo de cartón, pero de madera, ochenta centímetros largo, alto y profundo; aventureros los dos por las calles de mi ciudad, era mi casa grande; la casa pequeña me escocia, por eso apenas pasaba ratos en ella, lo menos incomodo eran las pulgas, lo más incómodo los golpes, gritos y la pena de ver a mi madre y a mis hermanitas insultadas y  pateadas en el suelo.

        

En la escalinata de la cruz de piedra, estaba Ana semi derrumbada aferrada toda ella a una botella de ron que no hacía mucho acababa de abrir con los dientes dejando entrever que ya poco más le quedaba para tocar fondo; abierta de piernas, deshilada su cabellera presuntamente engomada horas antes y, sola, maldiciendo al aire o a quien sabe persona alguna; justo al llegar a su lado soltó un asqueroso bramido de vomito que alcanzo caliente a tocar parte de mis frías piernas provocando mi  reacción de asco, enfado y mala suerte; creo que la grite feo, pero termine sentado a su lado escuchando sus historias; estaba claro que esa no era mi noche, puede que fuese la noche de todos, pero no la mía;  de la Iglesia de Santa Ana no solo salían y entraban personas como yo o peor que yo, sino que también de la misma manera entraba y salía una corriente de olores cálidos y tentadores que eran sin ninguna duda el motivo por el que yo, como muchos otros, llegásemos hasta ese lugar a por el típico caldo caliente, pan dulce y ponche navideño; pero Ana, no tenía pinta de ser criatura con estomago de pan y caldo de patatas de caridad, aunque tampoco la veía con mucho estilo de ser amante de vaciar botellas de ron; la noche, esa noche en concreto, creo que tampoco era su noche, y mucho menos ese lugar, su lugar.

 

Me había cansado de caminar y de ver tanta gente, de ser empujado y reído por unos y por otros,  de lo bonito y bello de esa noche, porque a la noche de navidad nadie la puede llamar fea; me canse de lo de siempre, subir y bajar, solo, por unas calles que aun a ciegas era capaz de saber que pie colocar a cada paso y ya estaba cansado también de tantas luces de colores, de tantos belenes y pastores y arbolitos con brillantina y cascabeles, de los olores inquietantes, únicos, característicos de estas fechas que llevaban ya más de un mes agitando de manera desmesurada los deseos de mi paladar; cansado también de la música, del mismo sonsonete que se clava entre ceja y ceja en el cerebro y no te desprendes de el en todo el día… siempre la misma partitura escuchada por todas partes, repetida en cada lugar por el que pasas; a esas altura del día, ya iniciada la noche, me canse y quise dejar mi cansancio en un rincón y esperar al día siguiente; yo no esperaba regalos, solo esperaba el día siguiente encogido en los varios abrigos que llevaba encima de mi cuerpo encontrados aquí y allá. Agarre hacia el norte por el Carrer de Montcada, y, quizás fue a la altura de la casa de Picasso donde me pare a hurgar desganado en los pequeños contenedores de basura que la procuraban limpia; era un lugar al que acudía mucha gente y donde siempre te puedes encontrar con alguna sorpresa especialmente buena comida que los visitantes no tiraban, la depositaba en los contenedores porque no estaba permitido entrar con alimentos al museo; a simple vista no vi nada extraordinario, así que desganado y sin ánimo de escarbar tome una mediana bolsa de plástico negro como pude haber tomado cualquier otra cosa y la eche a mi carrito, más tarde o al día siguiente, haría el correspondiente reciclaje de todo cuanto llevaba dentro y, seguí avanzando calle arriba, ahora sí ya supe hacia donde quería ir.

 

Mi padre, no era mi padre, porque yo no quería que fuese mi padre, no servía para eso; a mis doce años ya lo hubiese matado de no haber sido yo tan cobarde; la droga era su pasión, no mi madre, no mis hermanas, no yo; vivíamos a unas calles del Mercado del Born en unos barracones de casas desahuciadas que por suerte para nosotros nunca se caían; el hacia su vida trapicheando para sostener lo suyo y vigilaba la nuestra para trapichear también con lo nuestro, lo que mi madre conseguía limpiando, cuando la dejaban, por el mercado, o lo que yo llevaba en los bolsillos al regresar a la casa; mi hermana mayor era una princesa de bonita, a toda costa mi padre quería que se prostituyera, especialmente cuando llegaba loco a la casa pretendiendo llevársela, estoy seguro que negociaba su cuerpo, cobraba por adelantado y luego tenía problemas si no cumplía con su palabra porque mi madre la escondía a cambio de ir perdiendo poco a poco la vida en fracciones de golpes; mi hermanita no entendía nada, era afortunada, solo llorar y gritar agarrada a la falda de mi madre.

        

La noticia corrió a la velocidad de pulsaciones de chat; la mayoría de los viandantes sabían ya lo que acababa de ocurrir y andaban todos a la expectativa  de los detalles que convirtiera a alguno de ellos en los héroes de la noche de navidad; para mí todo esa expectación era invisible, la ignoraba, lo mismo que para muchos que como yo somos la cascara a desechar al final de un día sufriendo, como esa noche; mientras yo subía por las calles aledañas a la Rambla, la mayoría bajaba, de ahí los múltiples empujones que sufría a cada rato; la Plaza de San Jaime rompió de repente el protocolo familiar de la cena casera, reunión y brindis, motivado por el anuncio que se había dado horas antes desde las pantallas del televisor y que corrió como caballo desbocado entre las redes de twitter, instagram, whatsapp, Facebook… la gente, en vez de dispersarse del centro a la periferia, se convirtió toda ella en un fenómeno  a la inversa, la periferia acudía hacia el centro a ver lo que había ocurrido y cómo había ocurrido; yo ya estaba cansado, prefería salir de ese impulso e ir contra corriente, no me importaba lo que sucediera detrás de mí.

 

Esa noche, apenas queriendo convertirse en la gran noche de muchos, Jordi atraviesa feliz las callejuelas del barrio gótico que ascienden paralelas a la Vía Layetana, no solo su corazón guarda un secreto, también la pequeña bolsa interior de su abrigo; sin embargo, a la altura de Jaime 1ro, justo en el desemboque del Carrer Argentería, un hombre lo intercepta, simula tropezar con él y en las disculpas mutuas le pone una navaja a la altura del abdomen que Jordi sí se lo cree porque de inmediato sintió el pinchazo al ver cómo le metía la mano por la abertura del abrigo. –“Te aconsejo no hacer nada, no decir nada, portarte bien…”; le llego claramente la orden a sus oídos mientras el individuo lo empuja indicándole que caminase por Argentería y presionándolo aún más hacia dentro de un portal casualmente abierto y con la única claridad ofrecida por la difuminada luz de las lámparas a la antigüita que se cuela entre las rendijas de la puerta; le pide todo, que se despoje de sus cosas de valor y, de prisa; Jordi, lo hace, Jordi obedece, Jordi nota debilidad en la presencia de la navaja, Jordi es valiente, Jordi golpea a su asaltante, los dos son uno a golpes; de repente se abre la puerta, uno sale corriendo empujando a los que entran, otro se queda tendido; la noche es muy extraña, hace frio, demasiados colores lo pintan todo de reflejos; cuetes o tracas se escuchan sin saber de dónde vienen, un agradable olor a catánies* impregna la suave brisa que humedece el vaho salido de la boca, de Vía Layetana llega una ensordecedora canción rapera, lo más seguro sean jóvenes  en tránsito hacia alguna parte, el cielo seminublado regala alguna que otra estrella, todo parece perfecto, es, la noche de navidad.

 

La Alcaldesa respondió incomoda al tono de emergencia de su teléfono móvil; ¡tan mala suerte tenía! que esa noche le estaban cayendo demasiadas cosas imprevistas de las que no era posible librarse, aunque quisiera, como el timbrado de urgencia que para un funcionario de rango y en la circunstancia en la que se encontrase era prioridad absoluta, y, como siempre sucede entre la decisión y la duda se acostumbra a pensar lo peor, y lo peor, es lo peor, cada quien sabrá lo que le da miedo, lo que le pone en guardia, pero para una alcaldesa que no puede ser molestada por cosas que otros puedan remediar, lo peor siempre es grabe; cuando colgó el teléfono se quedó unos segundos como en hipnosis; los que estaban a su alrededor se perplejaron ante la duda de su duda; ¿cómo reaccionar si ella no reacciona? ¿algo grave, poco grave, muy grave? de repente se ríe, ríe más, ríe mucho, todo lo pone más complejo ¿qué ha ocurrido, qué ha pasado?; se sosiega y solo se limita a decir: -“qué putada… no me lo puedo creer”; y salió de su casa y detrás de ella salieron parte de los que estaban a su alrededor pero, girándose sobre sí misma aun alcanzo a decir a otros muchos: -“sigan, sigan, yo regreso pronto, la niña por ahí anda, que alguien la busque, y, Cristina, no tardara en llegar -y, entre dientes, aunque pocos la entendieron, alcanzo a decir- eso espero…” y salió hacia el ayuntamiento a una calle de su domicilio; por el camino la saludaban a gritos, la saludaba con gestos, era un icono en la ciudad; la tocaban, la felicitaban, respondía lo más artificialmente correcto posible, estaba preocupada, muy preocupada, al menos que no se note que para mí esta noche no está teniendo nada de noche de paz.

 

Ana y yo, después de un buen rato, ya estábamos compartiendo muchas cosas; la convencí de que mandase a la mierda la botella, que se metiera los dedos en la boca y tocando la flacidez de su garganta con la yema de sus dedos expulsara por segunda vez todas la basura que se había metido; doy por hecho que salido de su casa, del Carrer de Lloret de Mar, en el Barrio de Horta, entre Campoamor y Salses, dos o tres horas antes, pintada, arreglada, peinada, perfumada, exhibida como muñeca de boutique, que nada tenía que ver con este momento en el que ya estaba hecha toda una piltrafa; olía mal por los vómitos, despeinada, tiritaba de  frio, le preste uno de mis tres abrigos sin resistirse al olor, su vestido parecía trapo de cocina, pero su ánimo era hermoso mientras se comía el guiso caliente de pedazos de pavo con patatas y uvas pasas, que logre conseguir en el interior de la Iglesia de Santa Ana; el guiso nos revivió a los dos cuando le sumamos también un ponche caliente sabor a canela con pedacitos de ciruela; la noche se ponía cada vez más fría.

 

La frustración de la pequeña hija de la Alcaldesa y Cristina, era tanta, que no mostro interés alguno en los invitados que llenaban la casa, todos estaba demasiado ocupados para fijarse en ella; había sido suficiente su aparición en la sala principal a primera hora de la noche, la vieron, los vio, cumplió… lo único que quería era llorar, desparecer, perderse calle arriba o calle abajo, lo importante era olvidarse del engaño que le habían hecho; sentía envidia al ver a las niñas como ella, brincando y saltando felices agarradas de la mano de sus mamás; la suya estaba muy ocupada con los invitados y muy preocupada porque cristina, ni llegaba a la casa, ni contestaba el teléfono, así que, lo menos importante en esos momentos era ella, que aunque se desenvolvía perfectamente por las calles aledañas al centro municipal, la abundancia de luces, colores, gente, empujones, canciones, gritos, grupos, carreras, felicitaciones y desorden en ambas direcciones la desconcertó por completo; se vio caminando contra corriente por la Barra de Ferro, dejo atrás la calle Montcada bordeando la casa de Picasso hasta llegar a la plaza Juaume Sabartés, un grupo de adultos estaba realizando un performance navideño, se sereno un poco viendo a la gente, y un niño más pequeño que ella separándose de sus papas se le acerco y le ofreció una carquinyolis*, dudo agarrarla por un momento pero los ojos frente al dulce la hicieron sentir que sí tenía hambre y el ruido del tostado y el sabor del azúcar y la almendra la llevaron a imaginarse las bandejas de dulces que había dejado en la casa, necesitaba llorar, no sabía si seguir sin saber a dónde, o sentirse arrepentida, ocho años no eran muchos para valorar las decisiones tomadas; quiso regresar, cada vez sentía más frio, especialmente ahora que se había parado; tomo el Carrer del Flassaders y creyendo que lo hacía bien se equivocó por completo perdiendo el sentido de la orientación sobre donde estaba y hacia donde iba; termino asustada, llorando y con más frio en el cuerpo delante del Mercado del Born.

 

Sin cartera, sin teléfono, sin reloj, dolorido por los golpes, desconcertado, en vez de subir hacia el centro de la ciudad tomo descuidado rumbo al sur, hacia el mar, hasta sentirse húmedo sentado tras del acuario de la ciudad cuya iluminación jugaba con las escasas luces que llegaban de alguna que otra embarcación anclada a poca distancia de la playa, Jordi se dejó caer sobre una de las bancas de madera ahumada diseminadas por el paseo marítimo y se derrumbó en llanto hasta que alguien se sentó a su lado, le puso la mano en el hombro, y escucho que comentaba -“llora por los dos, a mí ya se me acabaron las lágrimas”; cuando separo, asustado, las manos de la cara y ladeo repentinamente su cuerpo tratando de guardar distancia al reflejo de algo no previsto creyendo que aún estaba solo, la mirada y la voz tierna de la mujer que se sentó junto a él le hizo bajar su instinto de guardia que, por segunda vez en pocos minutos le llevo a presentirse agredido; tras una pausa analizando el espacio invadido sintió en los ojos que tenía delante la tranquilidad suficiente como para desahogar su pena -“Le dije que quería darla una sorpresa, pero que ella eligiera el lugar, -alcanzo a decir Jordi como lanzando al aire su desahogo- prometió llamarme a medida que se acercaba la hora convenida y me daría indicaciones, quisimos jugar un poco a lo enigmático, pero no estaba previsto lo que me acaba de ocurrir; quizás piense que me estoy burlando, y no es cierto, ella es lo más importante para mí” -“En este instante -comento Cristina con una arrastrada voz dulce- ambos somos como dos almas gemelas, sospecho que lo mismo estarán pensaran ahora de mí; hoy no es el día más adecuado para recibir una mala noticia y estoy tardando demasiado tiempo en digerirla”. -“Yo iba al encuentro de una nueva vida –dijo Jordi sacando del interior de su abrigo una diminuta cajita con una hermosa sortija de prometida, se la enseño; la perla incrustada, de cristal, llego a proyectar algún que otro reflejo gracioso ante la escasa luz que le llegaba de la luminaria más cercana- estaba camino de pedirle que viviera conmigo, quiero empezar con ella una aventura nueva”. –“Y yo –murmuro Cristina mientras admiraba la original textura de la sortija- voy camino de la muerte, y lamentablemente no tengo un anillo para pedir que la vida me dé más tiempo”.

 

Cuando avanzaba desesperado Vía Layetana hacia el norte, quien minutos antes había asaltado a un transeúnte con total dominio de violencia hasta perder el control sobre su contrincante, comenzó a sentir una total perdida de fuerzas y una enorme debilidad mental ante la apremiante necesidad de una dosis de cocaína; sin embargo, sus piernas tampoco respondían, ya se había percatado de que traía la navaja clavada en la parte derecha del abdomen a la altura del pulmón, y en un recoveco semi oscuro hizo un fuerte gesto de bravura extrayéndose la daga sin impedir que cada vez fuese mayor su pérdida de sangre hasta que  todo se oscureció; estaba acostumbrado a las fases grises, pero esta era diferente; cuando despertó se encontraba tendido en una cama de urgencias en el hospital clínico de la ciudad condal*.

 

Nadie en esa reunión urgente e imprevista y en el momento menos adecuado se podía imaginar cómo había sido posible la desaparición o el robo del niño del fastuoso pesebre instalado frente a la entrada principal del Ayuntamiento en la Plaza de San Jaime; demasiada gente en tránsito, demasiada gente mirando, tomando fotos, ¿quién y cuándo pudo haber subido a llevarse el niño horas después de la puesta oficial en el pesebre público, en esta tarde del veinticuatro de diciembre?; los twitter y chat estaban diseminando por doquier el sorpresivo vacío dentro del pesebre y, los “memes”, irónicos, no se hacían esperar aumentando superlativamente a cada momento la desaparición que ya se había hecho noticia desde que los medios se apropiaron de ella dándole un toque muy especial a la rutina “especial” de esa noche; no estaba de más entonces la inesperada reunión con las personas responsables o cercanas a dicha instalación… había desaparecido el niño y toda una ciudad entera comenzaba su búsqueda, o a eso había invitado la alcaldesa en su primera intervención sobre el tema, ante las cámaras de TV.

 

Decidimos ambos, Ana y yo, salir a las Ramblas y caminar juntos; la noche anterior y todo el día previo a navidad había estado nevando, la ciudad de Barcelona aun recibía cada año la visita de la nieve aunque fuese para sorprendernos a todos y darle un toque de cuento a la localidad, pero hoy había amanecido un cielo gris azucarado y poco a poco el blanco algodón se fue diluyendo hasta desaparecer. Yo arrastraba mi carro, ella no se sentía incomoda junto a mí, al contrario, quizás se veía dentro de una extraña historia de navidad que le hacía olvidar la historia real por la que había salido de casa esa noche; como las Ramblas se encontraban saturadas de gente alegre se me hacía muy difícil arrastrar mi patrimonio de madera sin golpear o ser golpeado a cada rato, por lo que decidimos salinos de lo más concurrido y tomar el Carrer de la Canuda; Ana se acordó que la Plaza Villa de Madrid era un lugar encantador que acostumbra siempre a tener sorpresas, fue cierto, un improvisado mercado de objetos típicos de la época decembrina le daban una atmosfera muy particular a toda la plaza llenándola también de olores y colores que alborotaban a todos sin tregua alguna, especialmente a los más jóvenes, cada vez más espontáneos en sus risas por el alcohol y los calentitos, en más de una ocasión estuvieron a punto de tumbarme el carro pero todo quedaba en un excusar el exceso de alegría.

 

Ahora sí, ya el frio, la soledad, el miedo y desorientada, tenían muy asustada a la pequeña frente a la gran explanada de adoquines del Mercado del Born que, en cuclillas, semiescondida, no sabía hacia qué lado decidirse ir o a quien pedir ayuda; mi hermana, la pequeña, le jalaba la manga a mi hermana la mayor después de haber estado ya varias horas en la puerta del mercado y lograr alguna que otra cosa para llevar a la casa; fue ella la que descubrió a la niña y la que convenció a ambas para que las acompañara a donde ellas Vivian, no estaba lejos, tomarían algo caliente y luego harían todo lo posible por ayudarla; por primera vez en esa aventura de la noche en la que estaba perdida, la desconfianza se convirtió en seguridad y se dejó llevar, algo la hizo sentir bien y no tuvo miedo.

 

En el hospital clínico, los enfermeros tuvieron que dar aviso a la policía, el paciente no coincidía con la imagen de la identificación que traía en su cartera; en efecto, se trataba de un delincuente común que todo cuanto llevaba de valor seguramente era lo robado en esa noche; por fortuna la punzada de navaja no llego a mayores, pudo ser curada fácilmente y llevado a comisaría para declarar; lo metieron a un reservado, junto con otros casos de pillaje que como goteo continuo no dejaría de llegar en toda la noche, puesto que las áreas comunes y los pasillos estaban ajetreados con salidas y entradas de periodistas, fotógrafos, cámaras, y servidores públicos, por el tema del niño del belén desaparecido; tampoco se trataba de la desaparición de un objeto cualquiera, se trataba de la imagen de un Belén Napolitano del siglo XVI realizado en el taller La Scarabattola de los hermanos Scuotto, que era patrimonio del acervo histórico de la catedral; algunas personas se presentaban voluntarias alegando como habían visto a un ladrón llevarse la preciada pieza e inventando  todo un mundo de detalles nada creíbles solo por declarar, salir en la foto o aparecer ante las cámaras de TV; ya estaba claro que ese era el tema de la noche y no solo porque estaba dinamizando el ajetreo de la calle, sino priorizando también la conversación de la cena de navidad para los que ya estaban en la mesa o quienes apenas llegaban a sentarse; las imágenes de la TV interrumpían a cada rato la programación especial, para dar cortes informativos sobre cómo estaba transcurriendo el caso de la desaparición del niño; a esas horas, ya se había viralizado.

 

La Alcaldesa estaba cada vez más desesperada por la ausencia y el silencio de Cristina, los invitados preguntaban por ella y ya no sabía que excusa inventar para alegar que no tardaría mucho en llegar; afortunamente, la niña estaba dormida en su habitación, había subido a la parte alta de la casa, abriendo levemente la puerta y observando a contraluz de la lámpara de la mesita que dormía bien cobijada dentro de su cama, no quiso acercarse a darla un beso, se sentía tranquila de verla segura, y, de su parte, más libre para afrontar, con una preocupación menos, todo lo que aconteciera a lo largo de la noche; cuando todo haya pasado, pensó, vendré a abrazarla y me acostare un ratito a su lado.

 

En la Plaza de la Villa, Ana compro chocolate bien caliente con unos panecitos cardedeu*, ambos lo estábamos disfrutábamos de mil amores cuando un grupo de adolescentes ruidosos agarraron el carrito y empezaron a danzar a su alrededor y a sacar y echar por el aire las cosas que había dentro; Ana se alteró con ellos y empezó a gritarles, pero lo único que lograba era subir la adrenalina de los muchachos mientras yo también trataba de recuperar mis pertenencias que volaban por el aire; de repente, la bolsa negra de mi última escarbada en el contenedor del Museo Picasso dejó caer un llamativo bulto de algo envuelto en un pequeño abrigo de colores y del que salió, no sé cómo, y sin romperse, un gran niño Jesús, desnudo, con los brazos abiertos. –“¡Es el niño robado del pesebre de la Plaza de San Jaime!... ¡Es el niño robado, es el niño robado! -grito uno y comenzaron a gritaban otros-; la reacción de todos fue impresionante y en cuestión de segundos, sin entender lo que estaba significando la escena, aquello paso de ser la defensa de mis pertenencias, a la acusación de ladrón y estar detenido; Ana, al igual que yo, tampoco daba crédito a nada, también ella fue arrestada conmigo.

 

-“Creo que tenemos que buscar un sitio más acogedor y caliente para nuestras penas, aquí la brisa marina no nos hace nada bien a ninguno de los dos –comento Cristina-. –“Lo siento –dijo el- pero ni cartera tengo, no puedo invitarte a nada. –“Yo si –respondió Cristina- yo invito, tomemos algo caliente y veamos cómo cada quien es capaz de ir donde tiene que estar; y saliendo casi encogidos al Paseo Colon se metieron en la primera cafetería que vieron sus ojos;  había clientela, la mayoría grupos de amigos haciendo tiempo para regresar a sus casas a la hora convenida para la cena de navidad y, mucha gente joven fuera en la calle, especialmente alrededor de mimos, malabaristas, vendedores migrantes de bisutería manual que exprimían la noche para aumentar sus ganancias, y algún que otro improvisado cantor de villancicos, todo estaba más vivo que nunca; la TV hizo un nuevo corte informativo y en cuanto la locutora anuncio el presumible desenlace de la misteriosa desaparición del niño, se dio como un repentino bajón del ruido en el ajetreo del recinto que olía a calefacción y a horneada de dulces; las imágenes tomando en directo el descenso de la patrulla con los detenidos, su presentación en comisaria, la gente que comenzaba a llenar el recinto exterior y la llegada de más y más periodistas y fotógrafos, dejaba cada vez más expectante a cuantos estaban pendientes de la pantalla que, en ese momento realizaba un primer plano de una joven y un adolescente; otras cámaras seguían en vivo la salida de casa, una vez más, de la Alcaldesa con parte de su comitiva caminando de nuevo por las estrechas y llenas calles de calor navideño hacia la comisaría de policía número uno, los transeúntes, grandes y pequeños, la aplaudían y la jaloneaban como gesto de felicitación y victoria, lo que ella quería era terminar cuanto antes con esta historia que le estaba dando un giro demasiado rocambolesco a una noche que debería estar fluyendo pura alegría, sin trasiegos para nadie, tampoco para ella.

 

-“¡Es Ana!!!! -escandalosamente grito Jordi que hizo que muchos de los allí presentes se giraran hacia donde ellos estaban cuando este vio a Ana en primer plano de la pantalla de TV con los comentarios de acusada de haber realizado el robo del niño, junto con un menor de edad-.                  –“¿Cómo que Ana? -respondió Cristina- ¿acaso quieres decir que la mujer de la que me has estado hablando todo este tiempo, es la que tienes ahora en TV delante de tus narices acusada de esa historia que trae loca a toda la ciudad? Y de Inmediato las cámaras cambiaron de cuadro centrándose en la llegada nuevamente de la Alcaldesa a la comandancia y sus primeras declaraciones, se la veía desencajada; Cristina torció repentinamente la interrogación hacia sí misma y comento como hablando sola –“No es ella, no muestra la entereza con la que acostumbra a enfrentar las cosas, ¡algo le sucede…! y creo saber qué es lo que no la deja mostrarse fuerte; yo soy la culpable, yo soy la causa que le impide proyectar la imagen de seguridad que la gente busca ella. –“¿Y tú de qué estás hablando -le dijo sorprendido Jordi-. –“! Vamos a la comandancia, por el camino te lo explico! -contesto Cristina levantándose bruscamente de la mesa y haciéndole indicaciones a Jordi para que hiciera lo mismo-

 

En la casa de las niñas, detrás del Mercado del Bors, las cosas estaban tranquilas hasta ese momento; las cuatro mujeres, la mama y las tres niñas habían logrado entender que era necesario recuperar fuerzas, abrigarse mucho y aclara la situación de la invitada perdida, que, aún no había podido asimilar quien era y de donde venía; la mama, que había estado en la casa con la sola compañía de la TV dando rienda suelta a sus deseos imposibles de tener una navidad bonita en su vida que ni de pequeña, ni de grande, supo jamás a que sabía un beso o un abrazo navideño, subió un poco el volumen del aparato, les pidió a las niñas que bajaran un poco la voz y prestaran atención a lo que estaba ocurriendo en la pantalla desde donde, para las cuatro, repentinamente, lo que vieron, cambio totalmente su actitud –“¡Es mi hermano” -dijo la pequeña- -“¡Imposible, imposible que lo acusen de ladrón -dijeron al unísono la madre y la hija mayor- mi hijo se la pasara en la calle pero yo sé que no es un ladrón. –“!Es mi mama! -grito la pequeña invitada una vez que las cámaras viraron de nuevo hacia la Alcaldesa en medio de un tumulto de micrófonos y flases- ¡es mi mamá! –“¡Pero cómo que tú mama, si es la Alcaldesa -le hizo ver la joven- -“¡Sí es mi mama -insistió la niña; y les conto todo lo que le había ocurrido horas antes-; las calles se les hacían pesadas y largas a las cuatro mujeres que intentaban caminar rápido aunque, también mucha gente se dirigía hacia el mismo lugar que ellas, la Plaza de San Jaime, con la confianza de poder ver como se resolvía el atropello del símbolo más llamativo de la noche del veinticuatro de diciembre.

 

Los interrogatorios a Ana y a mí se volvieron cada vez más complicados y enredosos, la historia de cada uno de nosotros, de cómo nos vimos y por qué, de lo que sucedió en nuestras vidas horas antes de conocernos, y lo que haríamos o quisiéramos hacer en esa noche cuando todo ese atropello terminase, no dejaba de ser un puzle de demasiadas piezas, muchas de ellas, sin aparecer, lo que complicaba las cosas para que todo terminase bien para nosotros dos; la alcaldesa comenzaba a dar síntomas de, falsa felicidad, por haber recuperado el niño, aun le faltaba por recuperar algo más personal en su vida; nosotros estamos a punto de ser encerrados y terminar cada quien por separado, su noche de navidad entre cuatro tristes paredes; a mí no me importaba mucho eso de la tristeza, estaba acostumbrado, pero Ana, Ana era diferente, Ana tenía una historia que la estaba llorando por dentro aunque por fuera no se doblegara ni un solo instante ante la tentación de dejarme solo en aquellas circunstancias.

 

Un policía le hablo al oído a uno de los oficiales, este como que hizo un gesto de asentimiento y, en cuestión de segundos se abrió la puerta principal de la comisaria dando paso a cuatro mujeres supuestamente la mamá y tres niñas que, en cuestión de unos pasos ligeros, se encontraban en medio de un desordenado amasijo de fotógrafos, cámaras, periodistas… la mayoría reconoció a la hija de la Alcaldesa y, asombrados todos, se preguntaban qué hacía ahí la niña a esas horas de la noche y en compañía tan desajustada a su estilo; la Alcaldesa al verla dio un grito de pánico y sorpresa; su hija estaba dormida en su habitación, en la segunda planta de la casa, ¡cómo era posible verla ahí delante de sus narices y en medio de un zafarrancho de escándalo navideño!

 

De manera inesperada comienza a sonar el teléfono móvil de Ana; no había funcionado en toda la noche desde que se calló al suelo y sobre él el golpe y toda la basura de su estómago; se quedó sorprendida, pero le dio gusto, se emocionó porque sentía que recuperaba en ese momento un pedazo de todo lo que estaba perdido, le costó encontrar el teléfono entre tantas cosas inútiles que traía en su bolsa de corte andino, pero por fin respondió y le replicaron. –“¡Qué bueno que contesta -se dejó oír una voz masculina desde el lugar donde saliera la llamada- necesitamos que nos diga qué relación tiene con un tal Jordi Claret. –“¿Pero quién me habla? -replico tartamudeando y temblorosa Ana- ¿qué ha pasado, porque tiene Ud. su teléfono? –“Todo está bien, no se preocupe –dijo la voz esforzándose por tranquilizarla- pero es algo que no se puede tratar por teléfono por eso necesitamos que venga a la Comisaria numero uno para hablar con Ud. –“¡Estoy en la comisaria número uno -respondió aún más asombrada Ana-

 

Un grito pronunciando su nombre hizo que la alcaldesa reconociera la voz de Cristina; ambas rompiendo todo protocolo y olvidándose de las cámaras corrieron la una hacia la otra fundiéndose en un fuerte abrazo; quienes en sus lugares estaban clavados ante la pantalla de TV pudieron ver claramente la osadía del lente que no pudo esconder las lágrimas de las dos mujeres al tiempo que Cristina era reclamada al oído con voz dolida por su compañera –“¿Pero dónde has estado corazón? ¡Esta noche entre todos me van a matar!; yo me había quedado arrinconado en una banca arrimada a la pared, no entendía absolutamente nada de cuento estaba ocurriendo a mi alrededor; yo era el ladrón, el principal acusado, y el que seguía teniendo la cabeza embotada hasta que vi entrar a mi madre y a mis hermanas por la puerta grande de la comandancia y cómo empezaron a mirar celosamente hacia todas partes, ignorando si me buscaban a mí o cómo sabían que yo me encontraba en ese lugar, o si es que ellas mismas llegaban igualmente detenidas y, entonces, ¿por qué motivos?; sin que nadie me lo impidiera corrí a su encuentro y por primera vez, que yo recuerde, experimente el gusto de un abrazo, el calor del beso de mi madre, el valor por ver de nuevo a mis hermanas, y experimentar a la vez alegría con tristeza pensando que las podía perder para siempre cuando me encerrasen en una celda.

 

Cuando Ana apago el teléfono y dirigió la mirada hacia ese mundo de grupos que se habían formado entre confusión de gente y luces de flas se encontró con los ojos de Jordi y, otro nuevo abrazo fundió en emociones dos cuerpos más en ese lugar y en esa noche; Jordi y Ana no sabían dónde se encontraba cada uno de ellos, porque nada de cuanto les estaba ocurriendo era lo lógico o planeado para esas horas; se interrogaban a sí mismos si estaban dormidos o despiertos; si eran parte de una maquiavélica imaginación o la realidad jugaba con ellos… ellos sí que lloraban y lloraban sin importar los flases, las cámaras, el lio que había a su alrededor, si estaban o no siendo observados por millares de telespectadores y hasta si sus propias familias se preguntaban atónitas qué sucedía con sus hijos mientras, dejando todo lo dispuesto en la mesa, para cenar, comenzaron a movilizarse hacia el centro de la ciudad; a ellos dos, en ese momento, solo les movía el deseo de no desprenderse el uno del otro ignorando también los dolores del cuerpo, los olores del cuerpo, el desaliño de su imagen que nada tenía que ver con la sutileza con la que habían salido de sus casas a primera hora de la noche. –“Necesitamos que hable con una persona -les interrumpió el policía dirigiéndose a Ana y tratando de hacerla entender que ahora sí era urgente saber por qué ese individuo tenía un teléfono con su fotografía de pantalla, y su número como prioridad en remarcado de llamadas- es necesario ir atando cabos sobre un posible delito cometido horas atrás sobre un tal Jordi Claret-. –“Jordi Claret soy yo -anuncio impulsivamente Jordi; el policía hizo un sorprendido silencio, trato de recuperar cuanto antes su espacio y seguir haciendo su trabajo. –“¿Conoce a este hombre? -y   señalo con el dedo índice de su mano derecha hacia cierta parte de la amplia estancia en donde se estaban acumulando todas las historias delictivas de la noche;  Jordi se giró sobre sí mismo y, a unos metros, enmarcado bajo el dintel de la puerta de una habitación en donde había sido interrogado, se encontraba esposado el hombre que le dejo los moratones en la cara, le robo sus pertenencias y se autolesiono con su propia navaja, aunque de esto último Jordi no sabía nada, la oscuridad del portan y la salida intempestiva no le permitieron saber mucho más sobre su agresor, solo pudo sentir lo dolorido que estaba tirado frente a las escaleras de la subida al edificio cuando los vecinos que llegaban a su domicilio le ayudaron a ponerse en pie y lo encaminaron hasta las luces de la calle.    –“¡Papá! -se escuchó claramente una voz de niña mientras corría a abrazase a las piernas del hombre esposado-; mis hermanas lo habían reconocido, el hombre detenido y esposado bajo al dintel de la puerta era mi padre; mi hermana mayor y mi madre, se quedaron heladas, no supieron que hacer incapaces de moverse de donde estaban, dudaron sobre qué sentimientos podrían mostrar en ese instante, creo que a mí también me ocurrió lo mismo cuando presencie la escena, ¡qué diablos estaba haciendo ese hombre ahí!; me lo podía imaginar, aunque nunca lo había visto esposado y detenido, pero, sin importar la forma, encontrarme con él siempre provocaba pánico en mi persona, y ahora, verlo ahí como un espanto demacrado y asustado, daba lastima, ni yo, ni mi madre, ni mi hermana mayor hicimos intención de movernos del sitio donde cada quien estaba.

 

La Alcaldesa se agacho para poner sus ojos a la altura de los ojos de su hija, Cristina se mantuvo a su lado, pero no intervino –“¿Quieres que hablemos en privado y me cuentas que está sucediendo? –“Sí mamá –respondió la niña-.

 

La pequeña protegida de mis hermanas se sintió engañada y dolida cuando en la tarde, al abrir los regalo de navidad puestos delante del belén y del abeto iluminado, y antes de que llegasen los invitados e irse a dormir una vez cumplimentados los saludos, descubrió que no estaba lo que más había deseado y pedido, su tablet nueva versión, que durante meses tanto había pedido a su mamá y que ésta le había asegurado que el niño dios se la obsequiaría en la noche del veinticuatro de diciembre; era demasiado pequeña para estar sujeta a una tablet, pensaba su madre; la Alcaldesa le daba largas a su requerimiento infantil y siempre creyó que la promesa de la noche de navidad pudiera ser su mejor salida para tenerla calmada; enfadada no solo por la frustración, sino contra el niño dios, que le había fallado, y su madre que la había mentido, pensó vengarse; ella conocía los secretos del templete donde había sido colocado el monumental pesebre de la Plaza de San Jaime porque durante su instalación jugaba entre los técnicos y carpinteros que no dieron importancia a que la pequeña observara las estrategia para colocar al niño el día de navidad; sabía muy bien que, escurriéndose por debajo del templete llegaba hasta donde los trabajadores habían colocado una escotilla que se deslizaba sutilmente corriendo un pasador y que daba justo detrás de la cuna, en medio de José y María, donde discretamente por ahí se dejaba el niño en la cuna, el cual aparecía sin que nadie se percatara de cómo había llegado a su lugar vacío, hasta ya bien entrada la tarde; y eso mismo ocurrió cuando la pequeña atrevida y valiente siguió el idéntico procedimiento para llevar a cabo su plan; fue solo un instante; retirar al niño, envolverlo en su propia chamarra, meterlo en una bolsa negra y retroceder bajo el entramado del templete para echar a correr por las estrechas calles del viejo barrio de Barcelona sin fijarse demasiado en qué lugar lo había escondido y hacia donde dirigió luego sus pasos para huir con su enojo y su venganza.

 

Minutos después la Alcaldesa aparecía, ahora sí con mejor actitud expresiva, delante de las cámaras, enviando un segundo mensaje de navidad a toda su gente; el primero había sido la noche anterior, la noche del veintitrés, donde aprovecho también para felicitar a los vecinos del Barrio de Llobregat, porque el día anterior, veintidós de diciembre, la espléndida lotería de navidad les había visitado con la suerte. –“El niño apareció -dijo mirando sonriendo al lente de la cámara- ya está con nosotros, lo que sucedió, sucedió, pero ha tenido un final protagonizado por el perdón, y eso es lo que importa en esta noche, su desaparición ha provocado situaciones de dolor y drama, pero también ha sido causa de hermosos encuentros, al final, gano el amor, que es lo que más importa para bien de todos en una noche donde se canta a la paz.

 

¿Y saben también que más ocurrió esa noche? Ocurrió que: Jordi le entrego a Ana el anillo de prometida que no le pudieron robar, además se abstuvo de poner cargos contra su asaltante a cambio de que prometiera ante el juez de guardia, asistir a un centro de rehabilitación para poder dedicarse con mejor actitud a su familia; Cristina le confeso a su esposa que mantuvo en secreto un estudio sobre el cáncer en su cuerpo y que ese mismo día le entregaron los resultados, negativos, le quedaba poco tiempo de vida; -“me desespere -dijo- y no supe cómo reaccionar positivamente, pero prometo dejarme querer y no abandonar la luchar hasta el último momento; mi hermana grande logro lo que más deseaba y le gustaba hacer, asistir a clases de música, soñaba con tocar el chelo; mi hermanita se hizo muy amiga de la hija de la Alcaldesa y Cristina, dos días a la semana un coche la recogía para llevarla a jugar a su casa; mi madre cada día estaba menos triste y más hermosas; mi padre tardaría meses en rehabilitarse; y yo… pude regresar con mi carrito a la casa, no volví a la calle, pero en las tardes después de acudir a la escuela en las mañanas, ayudo en la limpieza del mercado, lo que me dan, lo ahorro para que mi madre pueda alquilar una nueva vivienda en un edificio que no esté desahuciado.

 

Pasada la media noche, la ciudad comenzó a entrar en sosiego, ya casi todos habían llegado a la mesa, la cena de navidad no solo olía a comida rica, también a buenos sentimientos y muchos reencuentros; las copas se alzaban y se estrellaban tintineantes unas contra otras, los contrastes de la luz  con el cristal salpicaban chorros de constelaciones inundando la estancia; no en todos los lugares de la ciudad el ritual era el mismo, en muchas esquinas, rincones, edificios viejos, lugares de asistencia, sitios de acogida, casas desahuciadas… había otro menú y otro tipo de brindis, pero en el aire permanecía el mismo eco de una misma voz que se multiplicaba por doquier diciendo: ”!feliz navidad a todos!”.

  

Nota del autor

*Diferentes dulces típicos de Cataluña                                    *Ciudad Condal: históricamente, desde el siglo IX Barcelona es un condado, es decir, gobernada por un conde, rango que hoy sustenta el Rey de España.

 

 

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